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martes, 9 de junio de 2009

EL CAMINO DEL SOL - Jorge Carrera Andrade


Tí­tulo: El camino del sol
- 1. El fabuloso Reino de Quito
- 2. La tierra siempre verde
Autor: Jorge Carrera Andrade (Quito, Ecuador, 1903)
Año de publicación:
1 - 1959
Edición: Casa de la cultura ecuatoriana Benjamín Carrión, Colección Luna Tierna
Páginas:
1 - 175, presentación, introducción + 3 partes
2 - 226, 3 partes


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No tiene texto en contraportada




Hablaremos hoy de una obra que enlaza directamente con la que comentamos hace unos días, “Atahuallpa”, de Benjamín Carrión. El libro que hoy comentaremos (los libros, que está separado en dos partes; aún así nos referiremos a él en singular al haber una continuidad evidente entre ambas) trata sobre la historia de Ecuador. Al igual que en el anteriormente mencionado no se trata de un libro de historia académico. Nunca nos sentimos abrumados por la cantidad de fechas, lugares y personajes. Sólo aparecen los necesarios para que nos hagamos una idea del ambiente de la época. Todos estos datos se ven acompañados por un tratamiento literario, de tal forma que cada capítulo parece un cuento popular, como si nos lo estuviera contando alguno de sus protagonistas (eso sí, en rigurosísima tercera persona).
¿No lo había dicho? Estamos hablando de “El camino del sol”, de Jorge Carrera Andrade.
De este autor apenas conocía su reputación como poeta en Ecuador. En mi penúltimo viaje a quito compré un librito de poemas escogidos de Carrera Andrade. Teniendo en cuenta que la poesía no es lo mío y que apenas sé juzgar la calidad de un verso, he de decir que la lectura de los suyos me resultó conmovedora (sé perfectamente que esto es un tópico; si un poema me gusta es conmovedor; qué se le va a hacer, no entiendo de poesía). Hace unas semanas, cuando localicé en una librería contigua al parque de La Alameda los dos volúmenes de “El camino del sol” los compré precisamente por el tema al que se dedicaban, al ser yo un enamorado confeso de la Historia (en particular de la del país andino), sin reparar en el nombre del autor. Y suerte que fue así, pues si lo hubiera reconocido me lo habría pensado.
Voy a explicarme porque no quisiera que se me entendiera mal.
Respeto a los poetas y entiendo que a menudo quieran probar suerte con la prosa. Pero en la inmensa mayoría de las novelas que he podido leer de poetas reconocidos me he encontrado con que el autor no ha estado dispuesto a abandonar la lírica, pariendo unos pestiños considerables a medio camino entre ambos artes. Sería injusto con decir que ocurre lo mismo en el caso opuesto, esto es, grandes narradores que se estrellan cuando intentan plasmar su mundo interior a través de versos (la prueba de esto que estoy diciendo la tenemos en el inmenso Jorge Luís Borges, cuyos poemas resultan tan gélidos que se te pueden empañar las gafas al leerlos).
Pues bien, volviendo a la obra que nos ocupa, nos encontramos con que el señor Jorge Carrera Andrade ha sabido evitar casi siempre esos vicios de poeta que podrían haber empantanado una narración que resulta ágil siempre.
Y nos encontramos ante una de las características más llamativas de “El camino del sol”. ¿Cómo se puede hacer para que la narración de un libro de historia (porque no deja de ser un libro de historia) sea ágil? Pues revistiéndolo de todo aquello que conforma una nueva novela. Consigue que empalicemos, para bien o para mal, con los personajes (vuelvo a recordar que son personajes históricos, no literarios, lo que puede hacer más ardua esta tarea) y hace que formemos parte de los sucesos. Por ejemplo, hay un recurso en el que abunda el autor en el primer libro. Como no se conservan datos históricos fidedignos de los primeros pueblos que habitaban lo que hoy es la República del Ecuador, Carrera Andrade, en lugar de remitirse a la arqueología como harían otros autores más ortodoxos, dando datos de enterramientos, restos de cerámica o monumentos funerarios, lo que hace es contarnos las leyendas de las génesis de los pueblos antiguos como si fueran reales. Nos habla así del origen de los reyes Caras, de los viajes de Quitumbe y de la epopeya interoceánica de su hijo Guayanay. Estos capítulos contrastan con el rigor que se muestra en los capítulos posteriores, cuando narra la invasión del Reino de Quito por parte del incario.
Cabe destacar la división de los dos volúmenes que componen esta obra. Primero nos encontramos con el libro titulado “El fabuloso Reino de Quito”, donde nos narra la historia desde los orígenes, con la llegad del hombre a estas tierras, hasta el fin del Tahuantinsuyu. El segundo libro, “La tierra siempre verde”, abarca desde el establecimiento de la colonia hasta los momentos previos al primer grito de independencia, en 1809 (resulta curioso que este segundo libro se escribiera antes que el primero).
Sí se echa en falta un tercero que nos cuente los hechos de la emancipación y nos acerque a nuestras días (o más bien a sus días, que el autor falleció en 1978), pero sobre esa época ya se ha escrito mucho.





Puntuación: 88 sobre 100

miércoles, 3 de diciembre de 2008

HELENA O EL MAR DEL VERANO - Julián Ayesta



Tí­tulo: Helena o el mar del verano
Autor: Julián Ayesta (Gijón, España 1918)
Año de publicación: 1952
Edición: Editorial Acantilado, quinta reimpresión, noviembre 2007

Páginas: 87, tres partes, siete capítulos







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Cuando apareció en 1952, Helena o el mar del verano fue considerada por un pequeño grupo de entusiastas lectores una de las obras más extraordinarias de la narrativa española de posguerra. A través de los años permanece intacto el poder de sugestión y el lirismo de la escritura de Ayesta.
"Uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX." MARÍA JOSÉ OBIOL, El País
"Las anteojeras de una crítica miope han convertido en tópico la falta de vuelo de la narrativa española de los años cincuenta. [...] Helena o el mar del verano demuestra que la imaginación y sutileza de la palabra ya circulaban..." Abc
"Afirmo sin ningún ánimo de asombrar a nadie que es uno de los libros más hermosos de la literatura española de posguerra." GREGORIO MORÁN, La Vanguardia



Después de la noche siempre llega el día, o al menos así ha ocurrido hasta ahora. Después de la racha de títulos flojos que he venido comentando en el último mes, hoy tengo el inmenso placer de hablar de "Helena o el mar del verano", la única novela publicada por Julián Ayesta. Y ya que estamos haciendo odiosas comparaciones señalaré el contraste con la última novela de la que hablé, en la que quinientas páginas no decían nada cuando aquí, donde no se cuentan ni noventa, nos podemos sumergir en un mundo inmenso. Y es tan inmenso este mundo porque no se ciñe a los límites de papel de las páginas, sino que enlaza con el nuestro propio. Mi infancia tuvo lugar más de treinta años después de la publicación de esta novela y casi quinientos kilómetros más al sur del escenario de la misma, pero a medida que la iba leyendo más me iba reconociendo en ella. De alguna manera, yo he vivido así, he pensado así, he sentido así (espectaculares los auto-debates teológicos del capítulo titulado "La alegría de Dios").
En la novela el que habla es un niño entrando en la adolescencia. Habla de su vida, de sus veranos en las playas de Gijón, de su relación con los mayores, del sentimiento religioso y las primeras dudas sobre este, y de Helena. Helena es aquella chica que te transforma sin ella pretenderlo, la que hace que dejes de ver a las niñas como unas tontas y unas malas compañeras de juegos y las convierte en unos seres mágicos, incomprensibles e inalcanzables. La que te convierte en hombre pero no por madurez real sino para impresionar. La que te enseña el mundo que conoces desde siempre pero visto desde sus ojos.
Y todo eso en un libro que te puedes leer en poco más de una hora. La explicación la he dado antes. Esta novela no se puede leer sin apelar a los recuerdos personales. Eso hace que, a pesar de los más de cincuenta años transcurridos desde su publicación no haya envejecido ni un ápice.
Muchas veces, en comentarios de otras novelas, he argumentado su nota hablando de lo bien o lo mal que ha envejecido (sobre todo en los libros que se han escrito hace más de treinta años, evidentemente). Yo creo que para poder decir de un libro que se mantiene perfectamente vigente al día de hoy podemos tomar en consideración dos factores. Uno es que la obra hable de un lugar en concreto y de un momento histórico concreto, con lo que el pasar de los años le va dando un carácter de documental. El otro es que el autor se dirija al lector de tú a tú, que se infiltre en sus vísceras mostrándole que, en el fondo, sus problemas, sus grandes problemas, son los que han sido siempre en toda la historia de la humanidad.
Indudablemente, "Helena o el mar del verano" pertenece a este segundo grupo.
Mi encuentro con esta novela fue todo un descubrimiento, propiciado por un amigo que sabe lo que lee, pues nunca había oído hablar antes ni de la novela ni del autor. Tal y como aparece en la contraportada, cuando se habla de esta novela es obligatorio hablar del páramo en el que, según gran parte de la crítica, se había convertido la narrativa española durante la posguerra. Yo no seré menos.
Desde que estaba en el colegio siempre me habían enseñado que la Guerra Civil acabó con una brillante edad de plata en las letras españolas para dar paso a una época oscura donde sólo se publicaban novelas de autores adscritos al régimen que se dedicaban a loar las proezas de la Cruzada. Novelas muy discretas de entre las que destacan un puñado escaso (si no menos, ahora mismo sólo recuerdo "Nada", de Carmen Laforet y "La familia de Pascual Duarte", de Cela). Esta situación duró hasta que Luis Martín Santos dio un vuelco completo a la situación al publicar, en 1962, "Tiempo de silencio". Pero entremedias, sólo el vacío.
Y ahora, después de leer "Helena o el mar del verano", no puedo hacer otra cosa más que pensar en todas esas joyas ocultas que quedarán sepultadas por el olvido de la crítica profesional.
Como casi siempre, hablaremos ahora de la estructura de la novela. Está escrita en primera persona, con el lenguaje que emplearía un niño en plena pubertad. Esa falta de cuidado por la retórica y la forma de utilizar la gramática puede ser un tanto chocante en un primer vistazo (puede irritar el abuso del polisíndeton, pero es algo que no será ajeno a cualquiera que haya leído a Hemingway). Sin embargo puedo asegurar que pasadas las primeras páginas estamos tan inmersos en la lectura y en la evocación de los recuerdos que el lenguaje no sólo no molesta sino que se descubre como el más adecuado.
En definitiva, es esta una novela muy recomendable, que tiene tantas lecturas como lectores por su multidimensionalidad, y que pide, como poco, otra relectura.


Puntuación: 96 sobre 100

domingo, 5 de octubre de 2008

ALDEA 1936 - José López Rueda


Tí­tulo: Aldea 1936
Autor: José López Rueda (Madrid, España 1928)
Año de publicación: 1958
Edición: Casa de la cultura ecuatoriana - Núcleo de Azuay. Primera edición 1958 Páginas: 254. 6 capítulos
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No tiene texto en contraportada
Comenzaré esta crítica haciendo una confesión. Una confesión que igual me podría haber guardado y habría quedado como un hábil buscador en librerías de viejo capaz de localizar obras perdidas en los abismos de la literatura universal. Pero no sería cierto y mi intención es ser lo más honesto posible en este blog (y eso resulta hasta doloroso para un farsante crónico como soy). Desde hace tiempo estoy intentando recopilar el mayor número de novelas de autores ecuatorianos que pueda conseguir. Así, aunque hasta ahora sólo ha aparecido en esta página una muestra de literatura ecuatoriana, dispongo de varios ejemplares. Y eso es meritorio, lo aseguro. Incluso en Quito es muy difícil encontrar obras de autores autóctonos, mucho más en Madrid, ciudad en la que resido a día de hoy. Por ello me dedico a exprimir los catálogos de librerías y bibliotecas, buscando algo escrito en Ecuador. Hace unos meses me metí en la página web de una librería de viejo de la capital y puse Ecuador en el buscador. Me aparecieron tres novelas y, como el precio lo encontré razonable, los encargué. Cuando los recibí comprobé que uno era, efectivamente, de un autor ecuatoriano (Alfredo Pareja Díez Canseco, que leeré en breve) y otra de un autor colombiano. La última es "Aldea 1936". Por el título debería haberme imaginado su temática, pero el hecho de haber sido publicada en Cuenca me animó a leerlo.
Efectivamente, es otra novela de la Guerra Civil española, escrita por un autor español.
Vamos a dejar las cosas claras. He conocido a mucha gente que ya está hasta el forro de los cojones de tanto libro y tanta novela sobre la Guerra Civil. Comprendo el hartazgo. Actualmente podemos decir que en este país se ha convertido en un género en sí mismo. Pero no lo comparto. Aunque para mí ya se ha escrito la obra definitiva (me refiero a la trilogía "La forja de un rebelde", de Arturo Barea), no me incomoda seguir leyendo historias ambientadas en la contienda.
No sé hasta qué punto se puede identificar esta novela dentro de este pseudo-género. A pesar de que está ambientada en un período que va desde el verano de 1936 hasta el verano de 1937, cuando empieza la narración la guerra ya ha comenzado. La historia se sitúa en un pueblecito anónimo de Soria, a orillas del río Jalón. Desde el golpe de estado del 18 de julio toda la zona se unió al bando rebelde, de tal manera que el frente nunca pasó por sus tierras. Sabemos que en algún lugar se están pegando tiros porque vemos pasar a los soldados que van a la vanguardia. Por eso y por los represaliados, claro. Es un pueblo típico de la meseta castellana, con su alcalde/cacique, su alguacil, su cura así-como-simpático-pero-en-realidad-cabrón, su enterrador, sus tonticos, su maestro y su cuartelillo de la Guardia Civil. Un pueblo donde los campesinos, que ni siquiera trabajan sus propias tierras, son conservadores por costumbre. Donde los hombres tienen que proteger su honor y la honra de las mujeres a su cargo.
La Guerra estalló encerrando en el bando nacional a Elisa y a sus tres hijos quienes, pese a vivir en el Madrid ahora sitiado (donde se encuentra el marido), estaban de veraneo en la casa de su hermana Petra, en el pueblo. La historia que se cuenta en la novela es la de la difícil convivencia entre las dos hermanas, las aventuras de unos niños durante unas vacaciones que no parecen tener fin, la de una mujer cuyos férreos valores la empujan a la negra locura cuando chocan con la realidad, la de una aldea que quiere sobrevivir con los ojos cerrados.
Es una obra típica del realismo costumbrista que se utilizaba en España durante la primera mitad del siglo pasado. Y se nota. Desde la gramática hasta el vocabulario tiene un regusto arcaico cuando lo leemos ahora. Muchas veces da la impresión de que el hecho de que esté ambientado en los años de guerra es mero accesorio estilístico para dar más fuerza a algunos pasajes. Esa quizás ha sido la parte que más me a agradado, que el autor no haya abusado del tema.
Precisamente por el intento de José López Rueda de ser lo más fiel posible en la creación de los personajes, en general podemos decir que le han quedado un tanto insípidos. Salvando quizás a Petra por los excesos propios de su sinrazón, el resto no dejan de ser estereotipos. Cada uno cumple con el rol que le ha correspondido. Así, a Elisa le toca sufrir pacientemente las injusticias de los que le rodean sin un marido al que ampararse, don Fermín es un cabrón con pintas acostumbrado a ordenar y ser obedecido. Y así sucesivamente. Da la impresión de que el autor pretende denunciar ciertos hechos asumidos como costumbre, pero por su afán realista no se anima a ir un poco más allá.
Que no se me entienda mal con esta crítica. No es en absoluto una mala novela. La lectura es ágil y la ambientación está muy cuidada. Además es muy recomendable para todo aquel que esté interesado en la Guerra Civil española porque cubre un espacio que no ha sido demasiado explotado en otras narraciones, el de los pueblos por los que no pasa la guerra aunque vivan en ella.
Pero n nos engañemos. Así como otras obras como "¿Por quién doblan las campanas?" o la ya mencionada trilogía de Barea siguen siendo hoy día tan vibrantes como en el momento de su publicación, "Aldea 1936" ha envejecido mal.
Por lo menos no ha sido tan injustamente sobrevalorado como "Soldados de Salamina".
Puntuación: 64 sobre 100.
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